Este blog empieza a las 2
de la mañana en un turbulento vuelo a Moscú. Después de un largo día de
preparaciones, hemos cogido el vuelo de Aeroflot que ha salido a las 00:15, una
media hora más tarde de lo previsto.
Llegaremos a territorio
ruso a las 7 de la mañana hora del país (dos horas menos en Barcelona),
habiendo trasnochado ya que, en estas circunstancias, es bastante difícil poder
dormir ni que sea una cabezadita. El avión se bambolea, las luces de cabina
están a plena potencia y las azafatas rusas van arriba y abajo ofreciendo
comida y bebida. No es que uno se pueda quejar del servicio, es un buen
vuelo, pero sin duda a una pésima hora.
De todos modos, será la
ilusión, ganas de ver la Plaza Roja e ir a Japón (esto y en mi caso un buen café), lo que nos
sostenga durante el día 3 de agosto, que seguro que será el día más agotador
del viaje.
Lo cierto es que no me
puedo creer que por fin, después de tanto tiempo de desearlo, vaya a Japón.
Creo que hasta que no llegue allí realmente no daré crédito. Al final he decidido llevar la maleta medio
vacía para poder llenarla de todas aquellas chucherías que quiera
comprarme.
Por mi cabeza cruza la
idea de poder vestirme con un yukata e ir a uno de los festivales de verano,
como tantas veces he visto, ir a un Neko café, a unos baños públicos,
deleitarme con los neones, poder practicar mi rudimentario japonés. Poder ver a
mi querida amiga Azusa y poder compartir con ella un pedacito de su tiempo, de
lo que es su vida allí en Japón. Visitar un típico ryokan y bañarme en aguas
termales. Pero pensar que, aunque esté al otro lado del mundo, aun habrá noches
en que podré dormir sobre un tatami, y sentirme en casa.
Estas son las
perspectivas que tengo ahora, veremos cómo va el viaje.
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